El verano suele asociarse al descanso, las vacaciones y la desconexión. Para muchas personas, efectivamente, supone una pausa necesaria. Pero en salud mental esta época tiene una lectura más amplia: cuando bajan las obligaciones, a veces aparece con más claridad aquello que durante el año se ha sostenido en silencio.
La Dra. Sara Márquez Sánchez, psiquiatra, explica que durante los meses de verano pueden intensificarse síntomas emocionales que ya estaban presentes, aunque quedaran amortiguados por la rutina.
“Hay personas que esperan las vacaciones como si fueran a resolver por sí solas el cansancio acumulado. Y cuando por fin paran, descubren que el malestar sigue ahí”, señala.
Durante el año, los horarios, el trabajo, las obligaciones familiares y la propia inercia diaria funcionan como una estructura externa. En vacaciones, esa estructura se relaja. Para algunas personas eso trae alivio; para otras, ansiedad, insomnio, irritabilidad, sensación de vacío o dificultad para desconectar.
Cuando descansar también cuesta
Una de las dificultades más frecuentes en vacaciones es la imposibilidad de desconectar del trabajo. Hay personas que siguen revisando correos, contestando mensajes o sintiendo culpa por no estar siendo productivas.
En estos casos, la especialista recomienda introducir pequeñas rutinas de autocuidado, sin convertirlas en otra lista de exigencias.
“Puede ayudar proponerse cada día dos gestos sencillos: dormir algo mejor, caminar, comer con calma, retomar un hobby, quedar con alguien o tener una conversación tranquila. No se trata de llenar las vacaciones, sino de sentir que uno vuelve a estar presente en su vida.”
Esta idea es especialmente útil para quienes necesitan cierta sensación de aprovechamiento para poder descansar sin culpa.
Mantener una mínima estructura protege la vuelta
El verano invita a flexibilizar horarios, comidas y descanso. Es sano hacerlo. Pero abandonar por completo cualquier estructura puede pasar factura, sobre todo en personas vulnerables a la ansiedad, la depresión o los trastornos del sueño.
Dormir cada día a una hora muy distinta, cambiar radicalmente la alimentación o vivir sin ningún ritmo durante semanas puede hacer que la vuelta a la rutina resulte mucho más brusca.
“La llamada depresión posvacacional suele tener mucho que ver con el contraste. Cuanto más desordenada ha sido la desconexión, más cuesta volver a organizar cuerpo y mente”, explica la Dra. Márquez.
Mantener horarios de sueño razonables, cuidar la alimentación y conservar pequeños hábitos diarios facilita que el regreso no se viva como un choque.
Más convivencia, más verdad familiar
Las vacaciones también modifican la dinámica de pareja y de familia. Se convive más tiempo, se comparten espacios, aparecen expectativas y se reducen las vías de escape habituales.
A veces emergen conflictos que durante el año quedaban tapados por la falta de tiempo: discusiones de pareja, tensiones con hijos adolescentes, dificultades con familiares mayores o malestar acumulado en familias que llevan mucho tiempo evitando hablar de ciertos temas.
“El verano no crea todos los conflictos, pero puede dejarlos al descubierto”, apunta la psiquiatra.
Por eso conviene llegar a las vacaciones con expectativas realistas. No todo tiene que ser perfecto. No todos los días tienen que ser memorables. La convivencia también necesita descanso, límites y espacios individuales.
Vacaciones con niños: menos pantallas, más vida compartida
En las familias con niños, el verano puede ser una oportunidad preciosa, pero también un desafío. Los niños necesitan descanso, juego y libertad, pero también cierta rutina.
Planificar actividades sencillas, recuperar juegos tradicionales, cocinar juntos, leer, caminar, hacer manualidades o pasar tiempo con los abuelos puede convertirse en una forma de cuidado emocional.
Los abuelos, además, tienen un papel que muchas veces se infravalora: transmiten historias, memoria familiar, canciones, juegos y una manera distinta de estar con los niños, más pausada y menos dependiente de las pantallas.
“Un niño no necesita un verano perfecto. Necesita presencia, vínculo y experiencias que pueda recordar como propias”, señala la Dra. Márquez.
La enfermedad mental grave no se va de vacaciones
Hay otra realidad menos visible: las personas que conviven con una enfermedad mental grave, propia o de un familiar, no siempre viven el verano como una pausa.
Los cambios de rutina, los desplazamientos, la convivencia intensa o la reducción de apoyos habituales pueden desestabilizar cuadros clínicos previamente compensados. En estos casos es importante anticiparse: mantener tratamiento, respetar horas de sueño, evitar consumos, identificar señales de alarma y no suspender seguimientos clínicos sin indicación médica.
También los familiares necesitan cuidado. Acompañar a una persona con sufrimiento psíquico intenso puede ser emocionalmente exigente, especialmente cuando alrededor todo parece invitar a estar bien.
Sufrir mientras los demás están en la playa
Uno de los aspectos más duros del verano es el contraste. Redes sociales llenas de viajes, cuerpos al sol, familias sonrientes y planes aparentemente felices pueden aumentar la sensación de soledad en quien atraviesa un duelo, una ruptura, una crisis económica, una depresión o un momento vital difícil.
Sentirse mal en una época asociada socialmente al disfrute puede generar culpa.
“Hay personas que sufren más porque creen que en verano deberían estar bien. Y esa obligación de disfrutar añade una capa más de malestar”, explica la especialista.
El bienestar no siempre coincide con el calendario. Hay veranos luminosos y veranos difíciles. Reconocerlo también forma parte del cuidado de la salud mental.
El verano como oportunidad, no como examen
En definitiva, independientemente del estilo de afrontamiento de cada quien, las vacaciones no deberían significar pararlo "todo" ni convertirse en otra obligación. No hay que descansar perfectamente, viajar lejos ni llenar cada día de planes para que el verano tenga valor.
Puede bastar con recuperar algo de sueño, bajar el ritmo, hablar con más honestidad, caminar sin prisa, compartir tiempo con quienes importan o pedir ayuda si el malestar lleva demasiado tiempo presente.
“El descanso es necesario, pero no siempre suficiente. Hay síntomas que necesitan ser escuchados, comprendidos y tratados”, concluye la Dra. Sara Márquez.
Porque la salud mental no entiende de estaciones. A veces el verano alivia. Otras veces revela. Y cuando revela algo que duele, quizá sea el momento de pedir ayuda y dejar de posponerlo.
Dra. Sara Márquez Sánchez
Psiquiatra


